Cuestión de confianza

Viendo la deliciosa The King’s Speech no podía evitar acordarme de lo mal que lo paso cuando tengo que hablar en público. Colin Firth me lo ha hecho pasar fatal. Pero fatal, fatal. Sólo el que ha sufrido alguna vez ese pequeño problema de comunicación es capaz de entender por qué al rey Jorge VII, Bertie para los amigos, le es tan difícil superarlo.

De nada sirven los bienitencionados consejos que te dicen que basta con imaginarte que estás en otro sitio o que debes concentrarse sólo en lo que dices, por no hablar del recurso de imaginarte a tu audiencia desnuda. ¿Pero quién demonios se inventó semejante mamarrachada? Seguro que alguien que nunca sufrió miedo escénico. Vale, tal vez alguna vez sintió un cosquilleo en el estómago pero definitivamente nunca sintió ese pavor a quedarse paralizado y que provoca que, finalmente, te quedes paralizado.

Tanto da que tengas que dar un discurso ante cinco mil personas como ante una, la sensación es la misma. Ya sé que no es algo tan grave, que está todo en nuestras cabezas, pero como muy bien aparece reflejado en el film, ese miedo a fracasar hace que dejemos de intentar superarlo. ¿Para qué si no voy a poder y encima voy a hacer el ridículo?

A Bertie ya le iba bien que su hermano fuese el designado para ser rey, así él podía mantenerse en un discreto segundo plano. Por suerte, éste tuvo a su lado a un Lionel Logue que le hizo la vida un poco más fácil en su subida al trono. Éste le dio la confianza suficiente para seguir adelante con las responsabilidades que entrañan su nuevo cargo, más cercanas a las de un actor que a las de un estadista.

No me importa que el film no profundice en los hechos históricos, no va de eso. Lo que me interesa y me emociona es ver como alguien es capaz de superar sus limitaciones, por muy insignificantes que parezcan. Y es que, visto así, la base del guión de The King’s Speech no difiere demasiado de la base del guión de Rocky, por poner un ejemplo. Pero lo que son las cosas, no puedo evitar sentirme infinitamente más identificada con los problemas de Jorge VII que con los de Rocky Balboa siendo prácticamente los mismos y solucionándose de la misma manera, es decir, con entrenamiento y mucho tesón. Y por cierto, ¿alguien en la sala conoce a un señorLogue caritativo que me quiera entrenar?

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La justicia de David

David E. Kelley y yo no nos llevamos bien. Nuestra relación empezó bien, yo era un adolescente y me deslumbró con la frescura inicial de Ally McBeal pero el enamoramiento fue pasajero y se marchitó como la cara de Calista Flockhart. Después me reconquistó con la más seria y adulta The Practice, aunque gran parte del mérito fue del azul profundo de los ojos de Dylan McDermott.

Tras unos años enredado entre profesores de instituto y planificadores de bodas, volvió a su tema: la justicia. Y lo hizo con Boston Legal, en la que recuperaba supeculiar humor. Como he dicho antes, en la primera etapa de Ally McBeal lo encontraba gracioso hasta que saltó el tiburón y se convirtió en un compendio de situaciones cada vez más ridículas. Pero Boston Legal ya llegó con el tiburón saltado, y más que hacerme reír, me provocaba una profunda tristeza ver aWilliam Shatner y James Spader hacer el ridículo. ¡Con lo que fueron!

Y algo así es lo que me pasa con Harry’s Law. A Kathy Bates todavía le queda mucho para llegar al nivel de ridículo que llegaron Shatner y Spader pero reconozco que en el piloto me hicieron temer lo peor con las cutres escenas de losaccidentes. Por allí también anda Nathan Corddry, al que para lo restos asociaré con Studio 60 on the Sunset Strip, y eso me llena de nostalgia. Además, la casualidad ha hecho coincidir a Harry’s Law con Fairly Legal, con la que comparte temática y tipo de humor, pero también el hecho de contar con actores (Sarah Shahi yMichael Trucco) que se merecen mucho más. ¿Será que me he hecho mayor? Seguramente, pero es que no hay suficientes Harrys en el mundo capaces de desbancar a Alicia Florrick de su trono de reina de la justicia. ¡He dicho!


En busca de perdón

Yo me tomo a Devil, la nueva película de la factoría Shyamalan, como su manera particular de pedir perdón por sus últimos tropiezos (léase The Last Airbender aunque yo incluiría alguna más). Y digo lo que pedir perdón por las palabras pronunciadas en el film por la encarnación del Mal:

Crees que puedes compensar las decisiones que tomaste, crees que puedes ser perdonado?

Y si yo tuviese que responder diría (y gritaría) que no. A mi el señor Shyamalan hace tiempo que me perdió como seguidora, y su nombre, más que animarme a ver una película, hace que salga corriendo en dirección opuesta y sin mirar atrás. Pero lo peor de todo es que ahora resulta que quiere convertir su The Night Chronicles en la nueva Alfred Hitchcok presents, limitándose a escribir y dejar que otros se las apañen con sus historias cuando su principal problema reside en que es incapaz de darle un final decente a sus guiones. Pues apaga y vámonos.

Para acabar de rematar, John Erick Dowdle, el director de esta Devil, se esfuerza demasiado en impresionar desde el minuto uno con unos créditos del revés e hipersubraya cada giro de guión a golpe de banda sonora. Pero claro, ¿qué vamos a esperar del director de Quarentine, el remake hollywoodiense de Rec? Pues un producto mediocre como el que ha resultado. Como diría Pilar Rubio, el film promete lo que cumple.