Gràcies Pep!

Mi semana en Xombit (XIII)

 

» Lights Out, demoledor gancho al estómago (y al corazón)
» Fringe renueva por una quinta y última temporada
» Disney adaptará The Graveyard Book de Neil Gaiman

Mi semana en Xombit (XII)

 

» Así es Thief of Thieves, el cómic de Robert Kirkman que adaptará la AMC
» Terriers y los pequeños detalles sin importancia
» Battle Royale Vs The Hunger Games: ¿hay batalla?

Mi semana en Xombit (XI)

 
» Arranca la segunda edición del Atlántida Film Fest de Filmin
» Homeland y la paranoia del mundo contemporaneo
» HBO renueva Game of Thrones por una tercera temporada

Mi semana en Xombit (X)

 

» Primer tráiler de The Newsroom, la nueva serie de Aaron Sorkin
» Bob’s Burgers y el encanto de lo cotidiano
» Yes, Prime Minister tendrá nueva temporada veinticuatro años después 

Mi semana en Xombit (IX)

 

 

» Doctor Who: primer tráiler de la séptima temporada
» American Horror Story, una divertida antología del género de terror
» «Zou Bisou Bisou», la canción que avergonzó a Don Draper

Mi semana en Xombit (VIII)

» Primer vistazo a Blood & Chrome, la nueva precuela de Battlestar Galactica
» 30 Rock prepara otro episodio en directo
» Game of Thrones: veintidós minutos para ponerse al día

Mi semana en Xombit (VII)

» Talking Dead, sacando punta a The Walking Dead
» Life’s Too Short o la sublimación de la vergüenza ajena
» HBO cancela Luck tras la muerte de tres caballos
» Senna, la película  

Mi semana en Xombit (VI)

» Community prepara su vuelta con una webserie animada
» Twin Peaks, el origen de todo esto

Mi semana en Xombit (V)

» The Artist triunfa en los Oscar más nostálgicos
» Louie, humor no apto para corazones sensibles
» YouTube emite por primera vez en directo una obra de teatro 

Mi semana en Xombit (IV)

» No Habrá Paz Para Los Malvados, gran triunfadora de los Goya 2012
» Game of Thrones calienta motores con un nuevo tráiler
» Google asegura poder predecir los ganadores de los Oscar

 

 

Mi semana en Xombit (III)

 

» Los BAFTA premian a Almodóvar y encumbran a The Artist
» Adele triunfa en los Grammy 2012
» Reino Unido incauta un dominio estadounidense
» Función de Noche, el primer reality español

Mi semana en Xombit (II)

» Los mejores spots de la Super Bowl XLVI
» House finalizará esta temporada
» American Horror Story y el revelador póster de su segunda temporada 

 

 

 

Mi semana en Xombit (I)

Esta semana he empezado a colaborar en Xombit, el blog sobre cultura geek del grupo Difoosion, y a partir de ahora, si no pasa nada, iré enlazando mis entradas por aquí.

» Touch, un artificio new age difícil de sostener
» Being Elmo o la fuerza de la perseverancia
» Netflix aplaza indefinidamente su desembarco en España

Pablo Motos, el amigo de los niños

Pablo Motos es un artista polifacético (canta, compone, toca la guitarra, escribe, dirige y no sé cuantas cosas más, todo esto desde que se reformó como dice él) que lleva años trabajando y podríamos decir que tiene el culo pelado pero, aún así, parece que le cuesta diferenciar entre lo que es apropiado y lo que no. Y me explico.

Evidentemente me estoy refiriendo al accidente ocurrido en la emisión de El Hormiguero de esta noche, en la que se les ocurrió simular el fallo de un truco de magia que acababa con la cabeza de Dani Martín en una cesta. La broma no es nada del otro mundo, y de hecho el truco es bastante burdo y todos sobreactúan muchísimo. Ese no es el problema. Lo que pasa es que Pablo Motos y su equipo parece que no tienen claro que su programa, aunque les pese a veces, lo ven sobre todo los niños.

Tal vez si hubiesen aclarado al momento el tema todo hubiese quedado como una anécdota más, pero que apareciese el presentador con cara seria tras seis minutos de anuncios diciendo que algo había ido mal y que mañana lo aclararían no hace más echar leña al fuego. ¿Pero para qué? Si piensan que lo están haciendo tan bien como para que sea creíble es cruel, pero si por contra consideran que todo el mundo se dará cuenta de que es una broma me parece ridículo. Los chistes o se ríen en el momento o no se ríen.

Es bien sabido que El Hormiguero es uno de los pocos programas (por no decir el único) que apenas sufre al enfrentarse al fútbol intersemanal gracias a sus incondicionales fans infantiles. Cuando el programa se estrenó allá por 2006, intentaron hacer algo para toda la familia que se reunía frente al televisor los domingos por la tarde mientras hacían la digestión y pronto se dieron cuenta de que el auténtico filón estaba en el público infantil.

Esos niños, que supuestamente dicen frases superingeniosas que dan para vender libros, importan cuando piden peluches, mochilas y libretas de Trancas y Barrancas por Navidad, pero no tanto cuando les pueden fastidiar una buena broma. Y no me vale la excusa de que se ven cosas mucho peores en los informativos porque dudo que ningún padre en su sano juicio deje a su hijo delante de la televisión durante un informativo mientras se emite el video del linchamiento a Gaddafi. Y si es así, que se lo haga mirar.

Vaya por delante que yo no soy partidaria del llamado horario infantil o franjas de protección reforzada porque, ahora más que nunca, no tiene ningún sentido delimitar cuándo se pueden decir tacos o se pueden emitir imágenes violentas porque ahora vemos la televisión cuándo y cómo nos da la gana, pero sí creo en las líneas editoriales y los públicos objetivos.

Motos está en su derecho de hacer lo que crea conveniente con su programa para llamar la atención, y no me importa que (ab)usen del humor caca, pedo, culo, pis, porque entiendo que no soy su público objetivo (yo soy más de El Intermedio). Pero eso si, que paren de autoproclamarse como el único programa blanco de entretenimiento para toda la familia. Parece mentira pero yo, que me he criado con la televisión y sin demasiadas restricciones, tengo cada vez más claro que los comunicadores deben tener muy claro a quién se dirigen y ser responsables de lo que hacen.

Está claro que la broma no tendrá mayores consecuencias, y como mucho les tocarán la cresta (aunque sea de puertas para fuera) y se disculparán mañana diciendo que no esperaban tanta repercusión mientras muestran titulares o incluso la entrada de la Wikipedia modificada (seguramente por un redactor). Mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa, pero El Hormiguero es Trending Topic. Bravo. Que os aproveche.

Hay fans y fans

Ayer mismo hable sobre la definición que hace la RAE de fan a propósito del Barça, y ya comenté que me parecía que se quedaba muy corta porque no alcanza expresar la complejidad del concepto, pero si hablamos de Fringe, la cosa se nos va de madre.

Desde su estreno, la serie de ciencia ficción de la Fox provocó grandes odios y pasiones (bueno, quizás tanto como pasiones no) por su naturaleza procedimental. Las expectativas eran altísimas porque si J. J. Abrams abandonó Lost para crearla es que debía ser la repera, pero muchos se sintieron decepcionados al ver que se trataba de una especie de X-Files 2.0.

Muchos espectadores la abandonaron a los pocos episodios porque les aburría la fórmula de caso por episodio, pero los que seguimos con Fringe hasta el final de la primera temporada recibimos una gran recompensa a cambio: una sorprendente y jugosa trama horizontal que nos dejó con cara de tontos y con ganas de más.

Esos elegidos que llegamos al final, dedicamos nuestro verano a evangelizar al pueblo llano con la promesa de un mundo mejor: una segunda temporada menos procedimental. Unos pocos nos hicieron caso e hicieron correr la voz, convirtiendo a Fringe en el fenómeno global que es (aunque sea básicamente en Internet), pero el problema es que a estos neofans tan sólo les gusta la mitología y la serie se resiste a perder su autentica naturaleza, es decir, la de procedimental.

Esto provoca que algunos se dediquen a alabar o pisotear cada episodio en función de la cantidad de nueva mitológica que contenga, y se acuerdan de la madre de Abrams (que por cierto hace mucho tiempo que ni pincha ni corta aquí) después de ver un episodio normal. Es por eso que el inicio de la cuarta temporada ha generado, de nuevo, división de opiniones y es que los neofans querrían que los guionistas no dieran las respuestas ya, pero los protofans confiamos en que ya llegarán (si les dejan).

Con esto no estoy diciendo que el inicio de temporada haya sido perfecto, porque no es así. Se notaba demasiado que intentaban atraer a público nuevo sobreexplicándolo todo, pero entiendo que es un peaje por el que tendremos que pasar si queremos que la serie continúe al menos una temporada más, aunque está muy difícil.

El misterio central del inicio de temporada será el paradero de Peter Bishop, pero los guionistas, como los buenos camellos, nos racionarán la información y nos la harán pagar muy cara. Se podría decir que hemos vuelto a la casilla de salida de la primera temporada, con la diferencia de que ahora tenemos la certeza de que la reaparición de Peter provocará una situación que ni los Observers se pueden imaginar. Pero m ientras tanto, el mundo sigue girando y los universos funcionando así que dejémonos llevar por ese multiuniverso naranja o marrón, y disfrutemos del viaje.

Neoculés con fecha de caducidad

La RAE define la palabra fan como admirador o seguidor de alguien, o como entusiasta de algo, lo que pone en evidencia que quién propuso esta definición y quiénes la ratificaron nunca fueron fanáticos de nada. ¿Acaso alguien cree que un fan del Barça actual es lo mismo que un fan del Barça de, pongamos, los ochenta? No señores de la RAE, no es lo mismo.

Ahora es muy fácil ser del Barça porque llueven los títulos, y esto ha provocado el nacimiento de una generación de culés que están acostumbrados a ganar siempre y que casi no lo disfrutan porque es lo normal. El culé clásico tampoco disfruta plenamente de los títulos pero porque piensa que en cualquier momento se despertará y le dirán que lo ha soñado todo. Por más que se vaya al descanso con un tres a cero y que se tenga en el equipo al mejor jugador del mundo, siempre existe el temor (diría que atávico) de que el equipo contrario en cualquier momento, aunque sea el minuto noventa, marcará cuatro goles y que Messi se lesionará de por vida. Me gustaría formar parte del grupo de los neofans, pero cuando les veo tan felices y tranquilos no puedo evitar pensar para mis adentros: arrieros somos y en el camino nos encontraremos.

Yo viví la época del Dream Team con todo lo que esto significa. Vi cómo el equipo de mis amores, que vivía permanentemente del Aquest any sí, finalmente conseguía ganar ligas e incluso Copas de Europa (que era como llamábamos a la Champions antes de que nos volviésemos todos cosmopolitas), pero también vi cómo el equipo se descomponía miserablemente tras la funesta final de Atenas (la del 1994, claro) y se llenaba de Jose Maris y Korneievs. Y eso curte mucho.

Cualquier día de estos Pep nos dirá que se marcha, que su etapa en el Barça ha finalizado, y ahí los neofans empezarán a saber qué es ser culé. Con un poco de suerte en unos años encontraremos un entrenador que dure más de una temporada y volveremos a ser felices (aunque sea un poco), pero costará. Por cierto, hace unas horas el Barça le metió cinco goles al Atlético de Madrid. Just saying.

Lafayette no es Olivia

Lafayette no es Olivia. Uno es expansivo, excesivo, directo. La otra es retraída, circunspecta, fría (aunque cada vez menos). Casi se podría decir que son personajes contrapuestos pero ambos han tenido que soportar que su cuerpo fuese ocupado por otro espíritu, conciencia o lo que sea. Y los resultados no pueden ser más diferentes porque Nelsan Ellis no es Anna Torv.

Reconozco que cuando William Bell se apropió del cuerpo de la agente Dunham en Os solté una carcajada que debió despertar a medio barrio. Ese ceño fruncido, esa voz temblorosa, ese ritmo pausado. Torv corría el peligro de caer en la parodia porque todos conocemos bien los tics de Leonard Nimoy y porque en el fondo era lo más sencillo. Pero no, la actriz superó el reto con nota y las locas conversaciones entre Bellivia y Walter (casi) nos hizo olvidar que estábamos pendientes de Olivia y Peter.

Ellis, en cambio, se enfrentaba a un reto infinitamente menor porque Fiona Shaw es mucho menos conocida y caricaturizable, y porque se trata de True Blood, que es una serie con la que sus fans hemos acordado suspender la incredulidad. Así pues, Ellis lo tenía bastante fácil, pero su interpretación hace aguas por todas partes.

El actor ni siquiera intenta meterse en la piel de Marnie y se limita a hacer lo mismo que cuando se apodera de su cuerpo el espíritu de la esclava que cree que el hijo de Arlene es su hijo: levanta la barbilla, remueve el trasero (un poco más de lo normal) y pone ojos de loca. Cero esfuerzo de caracterización.

Sé que estoy siendo muy injusta comparando ambas interpretaciones porque ni su exigencia ni su contexto son los mismos, pero creo que es de justicia reconocer el gran trabajo de Anna Torv. Porque lo que ella hace parece fácil, pero no lo es.

 

¡Hasta luego chicos!

The End, el último episodio de la octava temporada de Entourage, puso punto final (o a parte, según se mire) a una de las últimas supervivientes de la generación de oro de la HBO. Los ocho episodios que han compuesto la temporada han sabido a muy poco, poquísimo, pero eso no justifica la sensación amarga que deja su último episodio.

El secreto del éxito de Entourage siempre residió en su espíritu lúdico y peterpanesco. Vincent, E, Drama y Turtle se lo han pasado en grande durante ocho años y nosotros con ellos, y a pesar de que el final de la séptima temporada fue dramático y sombrío, era de esperar que el final de la serie fuese feliz y luminoso. Pero un happy end no es siempre un happy end.

Vincent, el protagonista menos protagonista que de la historia de la televisión, se recuperó sorprendentemente rápido y bien de su caída a los infiernos y a media temporada ya quedó claro que no iban a exprimir demasiado el tema de la redención, sólo lo justo para arreglarles la vida a sus colegas. Crea un telefilm para Drama que probablemente le devolverá a la fama al mayor de los Chase tras su ya lejano Viking Quest, hace millonario a Turtle con las acciones de Avion y provoca la enésima reconciliación de Eric y Sloan. Todo atado y bien atado. Demasiado.

A pesar de que la mayoría de las tramas secundarias estaban solucionadas, The End es un episodio atropellado, y por qué no decirlo, un tanto absurdo. Para empezar, la boda relámpago en Paris de Vince con la recién llegada Sophia sólo tiene sentido como elemento cohesionador que posibilita la reunión de colegas en el aeropuerto. Nada más. Y si bien es cierto que Vincent ya nos tiene acostumbrados a este tipo de actos impulsivos, creo que no soy la única que no entendió que Sophia cayese a sus pies después de resistirse tanto. No cuela.

Por otro lado, la trama de Eric y Sloan no podría haberse resuelto peor. Reconozco que no puedo ser demasiado objetiva porque Sloan no nunca me gustó demasiado como personaje pero es que tantas idas y venidas me hicieron perder el interés, incluso habiendo niño de por medio, porque al final siempre vuelven juntos (y siempre vuelven a romper).

Caso aparte es el de Ari y su mujer (y en esto tampoco puedo ser objetiva porque el señor Gold me tiene robado el corazón). Como Eric, Ari se ve obligado a renunciar a su trabajo para ser feliz, ¿pero era necesario? Definitivamente no (y tampoco lo era el momento Il Divo junior). Como golpe de efecto está bien pero todos sabemos que la cabra tira al monte y que Ari, tarde o temprano, acabará aceptando la jugosa oferta que recibe durante su retiro y volverá al ritmo endiablado de trabajo de antaño. ¿Cómo podría Ari resistirse a convertirse en Dios?

Con este panorama, no cuesta demasiado imaginarse por dónde van a ir los tiros en el futuro film que pondrá (esta vez sí) punto final a la serie aunque en el fondo da un poco igual. Lo importante es que nos volveremos a reencontrar en un futuro no muy lejano con la pandilla y pero espero que no se acabe convirtiendo en un ejercicio decadente como el de Sex and the City. Eso sí, puestos a pedir, quiero para ya un spinoff protagonizado por Ari y su inseparable Lloyd trabajando en lo que sea. No puede ser que se pierda semejante pareja cómica.


Cuestión de confianza

Viendo la deliciosa The King’s Speech no podía evitar acordarme de lo mal que lo paso cuando tengo que hablar en público. Colin Firth me lo ha hecho pasar fatal. Pero fatal, fatal. Sólo el que ha sufrido alguna vez ese pequeño problema de comunicación es capaz de entender por qué al rey Jorge VII, Bertie para los amigos, le es tan difícil superarlo.

De nada sirven los bienitencionados consejos que te dicen que basta con imaginarte que estás en otro sitio o que debes concentrarse sólo en lo que dices, por no hablar del recurso de imaginarte a tu audiencia desnuda. ¿Pero quién demonios se inventó semejante mamarrachada? Seguro que alguien que nunca sufrió miedo escénico. Vale, tal vez alguna vez sintió un cosquilleo en el estómago pero definitivamente nunca sintió ese pavor a quedarse paralizado y que provoca que, finalmente, te quedes paralizado.

Tanto da que tengas que dar un discurso ante cinco mil personas como ante una, la sensación es la misma. Ya sé que no es algo tan grave, que está todo en nuestras cabezas, pero como muy bien aparece reflejado en el film, ese miedo a fracasar hace que dejemos de intentar superarlo. ¿Para qué si no voy a poder y encima voy a hacer el ridículo?

A Bertie ya le iba bien que su hermano fuese el designado para ser rey, así él podía mantenerse en un discreto segundo plano. Por suerte, éste tuvo a su lado a un Lionel Logue que le hizo la vida un poco más fácil en su subida al trono. Éste le dio la confianza suficiente para seguir adelante con las responsabilidades que entrañan su nuevo cargo, más cercanas a las de un actor que a las de un estadista.

No me importa que el film no profundice en los hechos históricos, no va de eso. Lo que me interesa y me emociona es ver como alguien es capaz de superar sus limitaciones, por muy insignificantes que parezcan. Y es que, visto así, la base del guión de The King’s Speech no difiere demasiado de la base del guión de Rocky, por poner un ejemplo. Pero lo que son las cosas, no puedo evitar sentirme infinitamente más identificada con los problemas de Jorge VII que con los de Rocky Balboa siendo prácticamente los mismos y solucionándose de la misma manera, es decir, con entrenamiento y mucho tesón. Y por cierto, ¿alguien en la sala conoce a un señorLogue caritativo que me quiera entrenar?

La justicia de David

David E. Kelley y yo no nos llevamos bien. Nuestra relación empezó bien, yo era un adolescente y me deslumbró con la frescura inicial de Ally McBeal pero el enamoramiento fue pasajero y se marchitó como la cara de Calista Flockhart. Después me reconquistó con la más seria y adulta The Practice, aunque gran parte del mérito fue del azul profundo de los ojos de Dylan McDermott.

Tras unos años enredado entre profesores de instituto y planificadores de bodas, volvió a su tema: la justicia. Y lo hizo con Boston Legal, en la que recuperaba supeculiar humor. Como he dicho antes, en la primera etapa de Ally McBeal lo encontraba gracioso hasta que saltó el tiburón y se convirtió en un compendio de situaciones cada vez más ridículas. Pero Boston Legal ya llegó con el tiburón saltado, y más que hacerme reír, me provocaba una profunda tristeza ver aWilliam Shatner y James Spader hacer el ridículo. ¡Con lo que fueron!

Y algo así es lo que me pasa con Harry’s Law. A Kathy Bates todavía le queda mucho para llegar al nivel de ridículo que llegaron Shatner y Spader pero reconozco que en el piloto me hicieron temer lo peor con las cutres escenas de losaccidentes. Por allí también anda Nathan Corddry, al que para lo restos asociaré con Studio 60 on the Sunset Strip, y eso me llena de nostalgia. Además, la casualidad ha hecho coincidir a Harry’s Law con Fairly Legal, con la que comparte temática y tipo de humor, pero también el hecho de contar con actores (Sarah Shahi yMichael Trucco) que se merecen mucho más. ¿Será que me he hecho mayor? Seguramente, pero es que no hay suficientes Harrys en el mundo capaces de desbancar a Alicia Florrick de su trono de reina de la justicia. ¡He dicho!


En busca de perdón

Yo me tomo a Devil, la nueva película de la factoría Shyamalan, como su manera particular de pedir perdón por sus últimos tropiezos (léase The Last Airbender aunque yo incluiría alguna más). Y digo lo que pedir perdón por las palabras pronunciadas en el film por la encarnación del Mal:

Crees que puedes compensar las decisiones que tomaste, crees que puedes ser perdonado?

Y si yo tuviese que responder diría (y gritaría) que no. A mi el señor Shyamalan hace tiempo que me perdió como seguidora, y su nombre, más que animarme a ver una película, hace que salga corriendo en dirección opuesta y sin mirar atrás. Pero lo peor de todo es que ahora resulta que quiere convertir su The Night Chronicles en la nueva Alfred Hitchcok presents, limitándose a escribir y dejar que otros se las apañen con sus historias cuando su principal problema reside en que es incapaz de darle un final decente a sus guiones. Pues apaga y vámonos.

Para acabar de rematar, John Erick Dowdle, el director de esta Devil, se esfuerza demasiado en impresionar desde el minuto uno con unos créditos del revés e hipersubraya cada giro de guión a golpe de banda sonora. Pero claro, ¿qué vamos a esperar del director de Quarentine, el remake hollywoodiense de Rec? Pues un producto mediocre como el que ha resultado. Como diría Pilar Rubio, el film promete lo que cumple.

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