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Hay fans y fans

Ayer mismo hable sobre la definición que hace la RAE de fan a propósito del Barça, y ya comenté que me parecía que se quedaba muy corta porque no alcanza expresar la complejidad del concepto, pero si hablamos de Fringe, la cosa se nos va de madre.

Desde su estreno, la serie de ciencia ficción de la Fox provocó grandes odios y pasiones (bueno, quizás tanto como pasiones no) por su naturaleza procedimental. Las expectativas eran altísimas porque si J. J. Abrams abandonó Lost para crearla es que debía ser la repera, pero muchos se sintieron decepcionados al ver que se trataba de una especie de X-Files 2.0.

Muchos espectadores la abandonaron a los pocos episodios porque les aburría la fórmula de caso por episodio, pero los que seguimos con Fringe hasta el final de la primera temporada recibimos una gran recompensa a cambio: una sorprendente y jugosa trama horizontal que nos dejó con cara de tontos y con ganas de más.

Esos elegidos que llegamos al final, dedicamos nuestro verano a evangelizar al pueblo llano con la promesa de un mundo mejor: una segunda temporada menos procedimental. Unos pocos nos hicieron caso e hicieron correr la voz, convirtiendo a Fringe en el fenómeno global que es (aunque sea básicamente en Internet), pero el problema es que a estos neofans tan sólo les gusta la mitología y la serie se resiste a perder su autentica naturaleza, es decir, la de procedimental.

Esto provoca que algunos se dediquen a alabar o pisotear cada episodio en función de la cantidad de nueva mitológica que contenga, y se acuerdan de la madre de Abrams (que por cierto hace mucho tiempo que ni pincha ni corta aquí) después de ver un episodio normal. Es por eso que el inicio de la cuarta temporada ha generado, de nuevo, división de opiniones y es que los neofans querrían que los guionistas no dieran las respuestas ya, pero los protofans confiamos en que ya llegarán (si les dejan).

Con esto no estoy diciendo que el inicio de temporada haya sido perfecto, porque no es así. Se notaba demasiado que intentaban atraer a público nuevo sobreexplicándolo todo, pero entiendo que es un peaje por el que tendremos que pasar si queremos que la serie continúe al menos una temporada más, aunque está muy difícil.

El misterio central del inicio de temporada será el paradero de Peter Bishop, pero los guionistas, como los buenos camellos, nos racionarán la información y nos la harán pagar muy cara. Se podría decir que hemos vuelto a la casilla de salida de la primera temporada, con la diferencia de que ahora tenemos la certeza de que la reaparición de Peter provocará una situación que ni los Observers se pueden imaginar. Pero m ientras tanto, el mundo sigue girando y los universos funcionando así que dejémonos llevar por ese multiuniverso naranja o marrón, y disfrutemos del viaje.

Lafayette no es Olivia

Lafayette no es Olivia. Uno es expansivo, excesivo, directo. La otra es retraída, circunspecta, fría (aunque cada vez menos). Casi se podría decir que son personajes contrapuestos pero ambos han tenido que soportar que su cuerpo fuese ocupado por otro espíritu, conciencia o lo que sea. Y los resultados no pueden ser más diferentes porque Nelsan Ellis no es Anna Torv.

Reconozco que cuando William Bell se apropió del cuerpo de la agente Dunham en Os solté una carcajada que debió despertar a medio barrio. Ese ceño fruncido, esa voz temblorosa, ese ritmo pausado. Torv corría el peligro de caer en la parodia porque todos conocemos bien los tics de Leonard Nimoy y porque en el fondo era lo más sencillo. Pero no, la actriz superó el reto con nota y las locas conversaciones entre Bellivia y Walter (casi) nos hizo olvidar que estábamos pendientes de Olivia y Peter.

Ellis, en cambio, se enfrentaba a un reto infinitamente menor porque Fiona Shaw es mucho menos conocida y caricaturizable, y porque se trata de True Blood, que es una serie con la que sus fans hemos acordado suspender la incredulidad. Así pues, Ellis lo tenía bastante fácil, pero su interpretación hace aguas por todas partes.

El actor ni siquiera intenta meterse en la piel de Marnie y se limita a hacer lo mismo que cuando se apodera de su cuerpo el espíritu de la esclava que cree que el hijo de Arlene es su hijo: levanta la barbilla, remueve el trasero (un poco más de lo normal) y pone ojos de loca. Cero esfuerzo de caracterización.

Sé que estoy siendo muy injusta comparando ambas interpretaciones porque ni su exigencia ni su contexto son los mismos, pero creo que es de justicia reconocer el gran trabajo de Anna Torv. Porque lo que ella hace parece fácil, pero no lo es.